Categoría: Gifu

Buscando juegos RETRO en Nagoya

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Hace unas semanas vino a Japón mi amigo Luis, ya sabes, el de la tienda Bits Era, cómplice de los dos primeros sorteos que han pasado por este blog. Un primero en el que sorteábamos dos Ni no Kuni para Nintendo DS y un segundo, mucho más ambicioso, donde se regalaban cinco consolas clásicas.

El caso es, que con Luis aquí, viajando con su flamante Japan Rail Passquien fuera turista otra vez para hacerse con uno de ellos– decidimos vernos en Nagoya,  explorar un poco el centro otaku de la ciudad en busca de videojuegos retro y ya de paso, grabar un vídeo contando esta divertida excursión.

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Blanca Shirakawa

Shirakawago

De entre todos las estampas japonesas, son las invernales las que más me llaman la atención.

La pureza del blanco liga fantásticamente bien con el espíritu tradicional y minimalista de la cultura japonesa, y en la localidad de Shirakawa la belleza y sencillez de este paisaje – atemporal desde la distancia- por un momento hace olvidar a la multitud y a los autobuses turísticos.

Todavía me lamento del poco tiempo que tuvimos para disfrutar de nuestra visita – unos miserables 60 minutos – debido a que esta excursión estaba incluída en un rígido pack turístico que nos había regalado la madre de mi mujer. Viajar por Japón no es nada barato, especialmente si uno es residente y no dispone de un Japan Rail Pass, por lo que estos detalles familiares son muy bienvenidos. Un día de estos hablaré de como son estos paquetes turísticos para japoneses porque no tienen desperdicio.

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La roca que abrió el cielo

Yoshitsune Iwa

Dice la leyenda que Yoshitsune Minamoto, uno de los más celebres y temibles guerreros samurai de la historia del Japón, huía hacia Oshu cuando empezó a llover violentemente. No iba solo, le acompañaba su fiel vasallo Benkei, con el que compartía una férrea y apasionada amistad. Lo cierto es que esto no fue siempre así.

Años atrás, durante las guerras Genpei, Minamoto se tropezó con un extraño monje sôhei. Alto, fuerte y sorprendentemente rudo para un hombre de su condición.

Seguramente, el valiente samurai nunca hubiera perdido un minuto en semejante espectáculo, tenía en su cabeza cientos de preocupaciones y no necesitaba una más, pero el destino quiso que estos dos hombres cruzaran más que palabras.

La multitud se amontonaba en las cercanías del puente Gojo en Kyoto viendo, atónitos, como aquel monje desafiaba a todo aquel que se atreviese a cruzar el punte. Nadie sabía con certeza cuando había comenzado tal campaña pero de lo que no había ninguna duda era que junto a él descansaban 999 espadas, una por cada oponente que había batido en duelo.

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