De Tokio a Hiroshima, siete días y un Japan Rail Pass III

Capítulo III : Kobe y Osaka

Normalmente cuando un viajero planifica su viaje a Japón, salvo que disponga de un periodo de tiempo bastante amplio, Kobe siempre se queda fuera de todas las quinielas. Por supuesto, estoy de acuerdo en que si el tiempo apremia hay que dar prioridades a ciudades como Tokio, Kioto, Osaka o Hiroshima. Aún así, Kobe tiene una serie de atractivos nada desdeñables.

En mi caso, me empujaban básicamente dos motivos. En primer lugar suponía conocer en persona a Asami, y en segundo visitar una de las frikadas más auténticas de todo el país, la réplica a tamaño real de Tetsujin 28 ( en nuestro país conocido como Gigantor) de 18 metros de altura, levantada en la zona de Nagata. Sé que equiparar conocer a la que sería mi mujer con un robot de casi 20 metros de altura no tiene ningún sentido, pero señores, hablamos de un robot de 50 toneladas.

Tetsujin 28, os podéis hacer una idea de su tamaño…

El tercer atractivo, junto degustar la exquisita carne de Kobe, sería visitar el castillo de Himeji, uno de los castillos mejor conservados y más recordados de todo Japón, junto al de Matsumoto. Este hubiera sido, sin duda, uno de los destinos subrayados en mi agenda, si no hubiera tenido la mala suerte de coincidir en el tiempo con la remodelación y restauración del mismo que se alargará hasta 2016. Preferí esperar antes que llegar allí y llevarme una sorpresa desagradable.

Salimos de la estación dirección a mi hotel ( en esta ocasión no encontré anfitrión para esa noche), del que ya os hablé el otró día cuando os comentaba como me fue mi primera entrevista en Japón.

Tras dejar mis bártulos fuimos a visitar al Gigantor de marras, el sueño de un otaku hecho realidad, un robot gigante en medio de la ciudad.

Exploramos un poco el barrio y con el estómago ya lanzando alaridos, nos dirigimos a uno de los restaurantes de Okonomiyaki con más solera de todo Kobe, local donde Asami había trabajado unos meses. Dicho restaurante abrió sus puertas en plena reconstrucción del país después de la segunda guerra mundial, con los norteamericanos al mando de la nación. Me llamó poderosamente la atención, la hija del dueño original, una señora de más de 60 años con una vitalidad envidiable para una persona de su edad trabajando en un negocio tan sacrificado. También muy curioso ver antiguas neveras metálicas que funcionaban a base de hielo natural, nada de electricidad.

Okonomiyaki viene a significar: Cocinar a la plancha al gusto

El okonomiyaki tiene su origen en Kansai y Hiroshima

Se ven pocas neveras como ésta hoy día…

Ya con el estómago contento y apaciguado fuimos a quemar unas pocas calorías. Asami pensó que tenía que conocer las cascadas de Nunobiki, situadas en un parque natural muy cerca de la estación de Shin Kobe, estación donde se toma el tren bala.

Recorrimos un sendero que, subiendo,  permitía ver hasta un total de cuatro cascadas ( Me, Tsudumi, Meoto y O). La cascada más grande tiene 43 metros de altura y es algo realmente digno de ser visto.

Bajamos a la ciudad, y dimos un paseo por la Chinatown de Kobe, uno de los barrios chinos más importantes del país junto con el de Yokohama o Nagasaki. Fue un paseo rápido, no compramos o comimos nada, pero fue curioso ver como los chinos son capaces de trasladar, literalmente su cultura, a otro país. Precisamente por eso, lo interesante de los barrios chinos es que puedes comer lo que realmente comen los chino, y no lo que nos cocinan en sus restaurantes dirigidos a occidentales.

De ahí a la zona portuaria.

Imagino que sabéis que Kobe sufrió un terrible terremoto en la década de los noventa, casi 7000 personas perdieron la vida y gran parte del urbanismo de la ciudad se vino abajo. El puerto no fue una excepción. Además fue uno de los más perjudicados ya que nunca se recuperó totalmente de los daños recibidos. Aunque actualmente ocupa el cuarto lugar en importancia en el país, en el pasado contaba con mucha más influencia. Aún así diré que lo dejaron muy bonito.

Cenamos casi dos veces ese día, muy al estilo español. Primero una ración de Karaage ( pollo frito estilo japonés) junto a unas cervezas, en un restaurante que daba al puerto, regalándonos unas vistas estupendas. Después la cena propiamente dicha, en un restaurante con claras influencias españolas. Si no recuerdo mal fue, sashimi de pescado y de pollo, yakitori y ensalada.

Al día siguiente nos volvimos a encontrar en Osaka. Ella había quedado con unos amigos y yo volvía de mi entrevista en Hirakata. No tenía demasiado tiempo, pero suficiente para llevarme al castillo de Osaka ( imponente, aunque reconstruido) y al colorido, y reconocido, distrito de Dotonbori. Luces de neón, música, bares y restaurantes y sobre todo mucha gente intentando pasar un buen rato. Tengo muchas ganas de explorarlo bien si finalmente vivimos en Kansai.

Tras una primera impresión, llegué a la misma conclusión que muchos viajeros llegan, Osaka es una ciudad para vivirla, no para visitarla. Tiene muy pocos intereses turísticos, pero una oferta de ocio y restauración muy interesante.

El castillo de Osaka

El famoso “running man” de Glico

Cenando fideos en Osaka

Finalizado el paseo, volví a Kobe, ahora sí, había quedado con mi anfitrión, Tetsuya. Era un tío genial.

Antes que nada me llevó a cenar a un restaurante giratorio de sushi, muy económico y bastante bueno, la verdad. Hablamos un buen rato sobre un montón de temas, especialmente culturales y sociológicos.

Por su casa habían pasado un montón de viajeros de diferentes nacionalidades, de hecho en su pared se podía ver este croquis. Tengo el honor de ser el primer español.

Restaurante sushi giratorio

Lista de países en la pared de Tetsuya

Con una taza de té en las manos, retomamos la conversación y hablamos sobre la falta de interés de muchos jóvenes japoneses hacia el sexo,  de las japonesas, de los choques culturales. Me supo mal pero me fui a la cama relativamente temprano. Los pies ya empezaban a quejarse.

A la mañana siguiente la alarma del teléfono no me dio tregua, dejé una nota de agradecimiento a Tetsuya y salí para Hiroshima.

En un principio sólo iba a quedarme un día, quería reservar mi último día para la vuelta, dejarlo abierto y decidir si me acercaba a Shizuoka a ver el monte Fuji, Nikko, Kamakura o alguna ciudad que me viniera de paso en mi vuelta a Tokio, pero ocurrió algo que hizo que mis planes cambiaran por completo.

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